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Aikido, un ejercicio espiritual por Luis Guz
Luis Guz

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Aikido, un ejercicio espiritual

El choque o la confrontación de fuerzas es siempre empobrecedor para ambos contendientes. Esto es válido tanto para el vencido como para el vencedor.

Este concepto es aplicable para el plano de la lucha física como la que puede plantearse alrededor de una mesa de negociación política o de negocios, o de otras situaciones de la vida cotidiana.

"La guerra es la política por otros medios" afirma Von Clausevitz en su tratado Sobre la Guerra. Una frase tan ingeniosa y contundente como desafortunada, que reduce las relaciones entre naciones, entre bandos políticos y, por extensión entre organizaciones y entre personas, a un enfoque de confrontación permanente.

El método dialéctico (afirmar una idea, negarla y extraer una idea que sintetice ambas propuestas) pretende, a su vez, extraer la verdad del antagonismo de ideas. Lo cierto es que de la confrontación de ideas lo único que se obtiene son otras ideas que no necesariamente serán la verdad ni superadoras de la confrontación y que el triunfo de una facción sobre la otra o de una idea sobre la otra no equivale a la victoria de la verdad.

La confrontación establece, ante todo, límites a espacios físicos e ideológicos que cada parte se obstina en defender. Ya no se trata de entender la postura del contrario sino de abroquelarse sobre los propios esquemas temiendo que la admisión de las posturas del otro provoque el derrumbe de las propias.

En todo caso, si se va a tener en cuenta las posturas del contrario es porque no queda más remedio. Porque se comienza a vislumbrar la derrota. Se trata solo de un retroceso estratégico. Si en cambio se está ante la victoria, directamente se ignora al adversario.

Así es que ya sea con la victoria o con la derrota se produce un gasto de la propia energía y no se aprovecha la del contrincante. Ello sin entrar a considerar la degradación intrínseca de la destrucción y de la muerte.

Este es el mundo hostil que diseñó el hombre y que hizo crisis a mediados del siglo XX cuando la sociedad se dio cuenta que la escalada armamentista resultante de este enfoque había llevado al mundo al borde del abismo de la autodestrucción.

Grandes personalidades de este siglo llamaron la atención sobre los peligros a que se estaba enfrentando el género humano por este camino.

Algunos de ellos habían sido responsables de una u otra manera del desarrollo de los mayores engendros de aniquilación conocidos hasta el presente. Conscientes del monstruo latente en sus creaciones pregonaron por frenar esta carrera.

Morihei Ueshiba fue uno de esos grandes maestros. Proveniente de una intensa formación en las Artes Marciales se relaciona con el líder del movimiento religioso Omoto Kyo, Onisaburo Deguchi.

Su personalidad inquieta e idealista encuentra en los ejercicios del Shinto meditativo, en los ritos de purificación y en la práctica del kotodama -palabra espíritu- el camino de evolución espiritual que le permitió descubrir el sentido trascendente de la formación en la Artes Marciales y articular con su Budo, el Aikido, el mensaje de paz y unión para todos los hombres del mundo y de armonía del hombre con la naturaleza.

El valor extraordinario de la tarea del Fundador es que dicho mensaje no se agota en discursos o enunciados teóricos, más o menos abstractos. En su legado, el Aikido, se encuentra el germen de este mensaje y su práctica constante y sincera constituye en sí mismo el ejercicio espiritual que integra los planos físico, mental y espiritual de la persona, hace nacer la conciencia de la unión con las otras personas y con todo lo que existe en el Universo.

La verdadera victoria no se encuentra entonces en el sojuzgamiento del enemigo sino en la transformación del enemigo en aliado.

La verdad no surge de la confrontación de los opuestos sino de una rica y compleja integración. El Universo es un vivo ejemplo de ello.

Noticias de este mensaje se encuentran en todas y cada una de las prácticas de Aikido. Desde la primera clase y sucesivamente luego de 10, 25 o 50 años de práctica, en distintos niveles de profundidad surge la sorpresa de la experiencia inmediata, unificadora, energizante y transformadora del Aikido.

Una experiencia que imperceptible pero ineludiblemente vierte sus efectos hacia los demás campos de la vida. Sea cual sea la ocupación o profesión de la persona, encontrará en el Aikido elementos nutrientes, ampliación de horizontes, expansión de potencialidades y una colosal cantera de alegorías que le servirán de herramientas para la resolución positiva de los desafíos que le presenta el diario vivir como individuo y como integrante de su comunidad.

Luis Guz
8 de Octubre de 2000